El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.
También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Muerte y Resurrección

San Benito decía a sus monjes: “Ten siempre presente a la muerte”. Casi no hablamos de la muerte en nuestro mundo moderno. Pero lo que la tradición Cristiana nos dice es que si queremos ser sabios debemos tener presente que nada nos ata. Nacemos, crecemos, maduramos y después debemos prepararnos para el fin de esta vida mortal. Lo que los hombres sabios del pasado y del presente nos dicen es que para tener bien enfocada la vida, debemos también tener la muerte en la perspectiva de nuestra visión. La muerte es importante pues nos hace percatarnos de nuestra frágil condición humana. Debemos estar constantemente concientes de la mortalidad de la vida.Este conocimiento de la muerte es la fuente de la compasión, del perdón, de la amabilidad – pues la muerte nos permite estar concientes de nuestra debilidad y de nuestra mortalidad. Podemos ser nobles ante la expectativa de la muerte, pero no orgullosos. Entonces la muerte es importante porque nos enseña la compasión y la humildad. Es en el corazón compasivo y humilde donde se manifiesta el poder de Dios. “Cuando estoy débil, es cuándo soy fuerte” (Regla de San Benito, Capítulo 4).Hablar de la muerte es un tema difícil de ser comprendido por el mundo. De hecho, la fantasía principal de nuestro mundo consiste en tener una visión completamente opuesta; no la visión de nuestra propia mortalidad, sino la fuerte fantasía de que somos inmortales y que podemos superar nuestras debilidades físicas. Pero la sabiduría de la tradición de la que nos habla San Benito, es que al ser concientes de nuestra debilidad física podemos también ver nuestra fragilidad espiritual. Hay una profunda conciencia de esto en cada uno de nosotros, pero es tan profunda que casi siempre la mantenemos muy enterrada, por lo que debemos hacer contacto con la fuente de la plenitud y de la vida. Debemos entonces hacer contacto con el poder de Dios y de alguna manera, abrir nuestra frágil conciencia terrenal, al eterno amor de Dios, al amor que no puede ser destruido. Todos sabemos, aunque sea ligeramente en algún nivel de nuestra conciencia, que nuestros cuerpos mortales necesitan de esta nueva vida de amor. La meditación es el camino para estar totalmente despiertos, en este profundo nivel, donde encontramos la verdad básica sobre la condición humana y donde aprendemos a que cada uno de nosotros fuimos creados para una infinita expansión de la mente y del corazón.La meditación es una forma de poder pues nos permite comprender nuestra mortalidad. Es la manera de poder mantener nuestra propia muerte bien enfocada. Esto es posible porque es un camino que va más allá de nuestra mortalidad. Es el camino que supera nuestra muerte a la resurrección, a la vida eterna, a la vida que surge de nuestra unión con Dios. La esencia del Evangelio es que estamos invitados a vivir esta experiencia hoy, ahora. Todos estamos invitados a morir, a morir a nuestra auto-importancia, a nuestra auto-exclusividad. Estamos invitados a esto porque Jesús murió antes que nosotros para resucitar de la muerte. Nuestra invitación a morir es también una invitación para resucitar a la nueva vida, a la comunidad, a la comunión, a una vida plena sin miedo. Supongo que sería difícil estimar qué es lo que a la gente le causa más temor – a la muerte o a la resurrección. Pero en la meditación perdemos todo nuestro temor porque aprendemos que la muerte es la muerte al miedo y que la resurrección es una nueva vida.Cada vez que nos sentamos a meditar entramos a este eje de la muerte y de la resurrección. Lo hacemos porque en la meditación vamos más allá de nuestra vida y de sus limitaciones y entramos al misterio de Dios. Descubrimos, cada uno de nosotros por nuestra propia experiencia, que el misterio de Dios es el misterio del amor, del amor infinito, que destruye todo el miedo. Esto es nuestra resurrección, nuestro surgir en total libertad, cuando logramos enfocar la muerte y la resurrección. La meditación es el gran camino para enfocar nuestra vida a la realidad eterna de Dios, a la realidad eterna que se encuentra en nuestro corazón. La disciplina de repetir el mantra cada mañana y cada noche tiene ese objetivo supremo – enfocarnos totalmente en Cristo con una clara visión de lo que somos en nuestra realidad. Esto es lo que dijo San Pablo a los Romanos:“Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni tampoco muere para sí. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Para esto mismo murió Cristo, y volvió a vivir, para ser Señor tanto de los que han muerto como de los que aún viven”. (Rom. 14:7-10)Meditamos para poder entrar al significado de estas palabras.

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