
“De un hijo divino surgirá una raza humana y un héroe dominará el mundo, y su fama se extenderá por toda la tierra”. Estas palabras de un himno Tibetano del siglo 7tmo., sugieren cuan profunda y universal es la anticipación de que uno de nosotros vendrá y nos guiará más allá de nosotros mismos para que podamos finalmente encontrarnos a nosotros mismos. Éste que esperamos será tanto familiar como extranjero.
Las celebraciones que nos llevan hacia la Navidad son rituales religiosos, culturales y domésticos. Año tras año los repetimos y su familiaridad es parte de su esencia. Pero ellos son los que nos llevan hacia un nivel más profundo en nuestra relación con Aquel que hace su comparecencia en un presente que trasciende la historia, cada día, con cada respiro. Él es tan extraño como familiar. Él es como algo que se expresa en plenitud, como una afirmación bien elegida o un pensamiento no exteriorizado casualmente o inconscientemente sino algo bien considerado, bien articulado y preciso – una palabra poderosa y verdadera que proviene del verdadero silencio y trae consigo la realidad de ese silencio.
“Aunque manifestado, continúa siendo un extranjero” (Máximo el Confesor) y “de cualquier manera que sea comprendido, permanece misterioso” (Dionisio el Areopagita). La espera de su venida vale la pena porque no es tan solo un regalo de afuera. También se produce una implosión al despertar nuestra verdadera naturaleza haciéndonos concientes del regalo de nuestro propio ser. Su familiaridad es reconocida y cuando el alma se abre completamente, todo cambia porque lo vemos todo tal cual es.
Laurence Freeman OSB
No hay comentarios:
Publicar un comentario