El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.
También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.

domingo, 11 de diciembre de 2011

3ra. Semana de Adviento

Juan el Bautista fue un hombre del desierto. El se sentía atraído por el desierto, se encontraba ahí. “Yo soy la voz del que brama en el desierto”, ahí se encontraba en casa, con las langostas y su miel silvestre, mejor que en un restaurante u hotel. A pesar de ello, la gente se aglomeraba a su alrededor, él ejercía una fenomenal influencia sobre los poderosos. Libre de apegos y no perturbado por las tentaciones que dan seguridad a la que sucumbe la mayoría. Era un apasionado de la verdad y de mostrar las cosas tal cual eran. Al final, al contrariar al rey, pagó, como muchos otros profetas, su último precio, su propia vida.
El adviento no es tan solo esperar que algo pase, es una espera llena de esperanza que vive la verdad del momento, con cada inhalación, respirando la verdad. Se trata de no abandonar los pequeños compromisos ni las excepciones políticamente motivadas con la verdad que desgasta nuestra integridad.
La meditación es encontrarse en el desierto donde puede tan solo puede existir la verdad. Nuestra práctica nos enseña a vivir ahí con felicidad, sintiéndonos en casa con toda su simplicidad y nada más. Entonces, florece el amor a la verdad y nos encontramos en soledad pero no solos, nos encontramos a nosotros mismos, dándonos cuenta que no somos meros egos aislados tratando de sobrevivir y defendernos. Florecemos en valiente libertad como el Bautista que sabía que estaba al servicio de algo más grande que él mismo.
Si sabemos eso, ningún precio es demasiado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario