El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.
También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Más allá de la Ilusión

Para poder comprender bien lo que es la meditación, debes seguir un camino de sencillez. En el mundo en que actualmente vivimos estamos ya muy acostumbrados a poner nuestra fe en lo complejo. Pero creo que todos sabemos, en un nivel profundo de nuestro ser, que la paz real se encuentra en la profunda simplicidad del espíritu. Estas palabras que escribió San Pablo a los Efesios, deben fincarse muy bien en nuestros corazones:“estuvisteis entonces sin Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a las alianzas de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo; mientras que ahora, por Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo”. Efesios 2: 12-14

Una de las cosas a la que estamos invitados a conocer a través de nuestra propia experiencia es que hemos sido llevados, a través de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús, a la paz profunda. San Agustin definía la paz como “la tranquilidad del orden”. La paz y el orden son necesarios para todo crecimiento. Son necesarios para profundizar en el ser, necesarios para darnos cuenta de nuestro gran potencial. Entonces la paz puede ser descrita como “la armonía de la energía dirigida”. Eso es lo que es la meditación. No consiste en tener una quietud pasiva. La meditación consiste en darnos cuenta de qué tan cerca estamos de la fuente de la creación, de la fuente de nuestra creación y de toda la creación. Es darnos cuenta de que con el poder de la creación, la energía de la creación fluye en nuestros corazones.El enemigo de la paz es la distracción. Nos distraemos cuando perdemos de vista el objetivo de armonizar nuestra vida, armonizar el poder que tenemos dentro de nuestro ser. Aunque podemos distraernos y dejar de ver este objetivo, podemos retomarlo. La causa de la distracción es el deseo de poseer. Cuando perdemos de vista este objetivo nos vamos de lo real a lo irreal.Recuerda de nuevo como meditar. Siéntate derecho, con la columna vertebral recta, respira calmada y regularmente y comienza a repetir tu palabra, Maranatha. Acentúala en 4 sílabas: ma-ra-na-tha. Repite la palabra del principio al fin de tu meditación. El propósito de la palabra es mantenernos en el camino, despegarnos de la ilusión y del deseo, para entrar a la realidad de Dios. En medida que nos mantengamos en el camino, en la medida que mantengamos la repetición del mantra, nos salimos de la distracción e iniciamos el camino que nos lleva al contacto con la base de donde surgimos.Si perdemos el objetivo, nos confundimos, nos atemorizamos. Es ahí cuando empezamos a buscar refugio en más distracción y en más ilusión. El camino de la meditación nos invita a confrontar la irrealidad, el miedo, la fantasía y la ilusión – y sobre-pasarlas. Del otro lado de la ilusión, del miedo y de la irrealidad, encontramos la paz y la tranquilidad del orden. Es la energía dirigida hacia la meta más alta. Lo que cada uno de nosotros estamos invitados a conocer es que esa energía es el amor. Lo que cada uno de nosotros estamos invitados a descubrir por propia experiencia, es que Dios es el amor.Como ya te lo he dicho, la meditación no es ensueño pacífico. Es estar totalmente despierto. Despertamos a estar en la presencia de Dios. Todo nuestro poder y nuestro potencial se dirigen a la verdadera meta final. Esa meta es Dios, el fin que es nuestro principio. En la experiencia de la paz de la meditación se nos revela quienes somos. Se nos revela que vamos por un camino fuera del miedo, fuera de la irrealidad, fuera de la ilusión – hacia la única realidad que es. Esa Realidad es Dios. Esa Realidad es el Amor.Debemos aprender a decir nuestra palabra, nuestro mantra. Debemos aprender a decirla del principio al fin de nuestra meditación, para así poder arraigarla en nuestro corazón y así podremos escucharla resonándola dentro, en la profundidad de nuestro ser. Aprender a arraigar el mantra toma tiempo. Si te preguntas “¿cuánto tiempo tomará?”, te puedes responder diciendo: “toma solamente el tiempo para darme cuenta de que no toma tiempo”. Ya estamos ahí. Escucha de nuevo lo que dice San Pablo: “.--que ahora, por Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo”. Esto es lo que debemos comprender y conocer en la meditación. Esto es lo que debemos saber por experiencia propia. Nuestra redención se lleva a cabo. El poder del Espíritu nos libera en nuestro corazón. Lo que nos impide ver esto es nuestra distracción. Nuestra mente esta desordenada y debemos liberarla. Para eso es la meditación. Por eso es muy importante meditar todas las mañanas y todas las noches.Siéntate, y al repetir tu mantra, libera las cadenas, los nudos que te atan a la irrealidad, a la ilusión y al miedo. Sabe que esos nudos no tienen poder sobre ti si estás abierto a la experiencia de Jesús. Su experiencia es que el es el amado Hijo de Dios. Lo que El ha logrado para nosotros es abrirnos a esa misma experiencia – de saber que somos hijos e hijas de un Padre amoroso, compasivo y comprensivo. En esa experiencia descubrimos lo que significa estar totalmente abiertos a su amor, totalmente abiertos a su misterioso ser, que está abierto en nuestros corazones, que es en nuestro centro. Es en nuestro centro donde lo encontramos. La meditación, el repetir el mantra del principio al fin cada mañana y cada noche, es sencillamente nuestro peregrinaje al centro donde El es y donde somos nosotros con El.

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