
La meditación es un concepto muy simple. No es nada complicado ni esotérico. En esencia, meditación es meramente, mantenernos quietos en el centro de nuestro ser. Quietos. El único problema conectado a ello es que vivimos en un mundo de casi frenético movimiento, por ello, la quietud y el arraigo nos parecen extraños. Sin embargo, en la naturaleza todo crecimiento comienza del centro hacia afuera. Desde el centro comenzamos y eso es la meditación, contactarnos con el centro original de nuestro propio ser. Es un retorno al origen, a Dios….San Juan de la Cruz reflexionando sobre la naturaleza de la meditación escribió: “Dios es el centro de mi alma”
La meditación es una maravillosa oportunidad para todos nosotros, porque al retornar a nuestro origen, a lo profundo de nuestro ser, retornamos a nuestra inocencia. El llamado a la meditación para los antiguos Padres de la Iglesia era un llamado a la pureza del corazón y eso es inocencia, pureza de corazón. Una visión exenta de egoísmo, deseo o imágenes, un corazón simplemente lleno de amor. La meditación nos lleva a la claridad pura, claridad que proviene de la simplicidad. Meditar requiere tan solo determinación para comenzar y continuar….
La meditación es el camino para estar atentos. Debemos ir más allá del pensamiento, el deseo y la imaginación, y en ese ir más allá, comenzamos a conocer lo que somos aquí y ahora en Dios, “porque en Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17; 28)
El camino hacia la simplicidad es el camino de una palabra, la repetición de una palabra. Es la repetición y la fidelidad a esa repetición cada mañana y cada noche la que nos lleva más allá de las palabras, del laberinto de ideas, hacia la unidad…La meditación es el camino a la total comunión, a la unidad del ser. En la meditación y en la vida enriquecida por la meditación encontramos la plenitud, encontramos nuestro verdadero ser.
Meditamos por treinta minutos….Recuerden: Sentados, con la espalda derecha, quietos. Ojos ligeramente cerrados, relajados pero alertas. En silencio, internamente, comiencen a repetir una simple palabra. Recomendamos la oración-frase “Maranatha.” La recitamos en cuatro sílabas de igual duración, escúchenla mientras la repiten, gentilmente, continuamente, no piensen ni imaginen nada, ni siquiera algo espiritual, repitan la palabra con fe desde el principio al fin de la meditación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario