El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.
También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.

jueves, 8 de marzo de 2012

miércoles, 2da. semana de Cuaresma

Había un hombre rico que solía vestir de púrpura y telas finas, solía hacer fiestas a diario. En su portón yacía un hombre pobre llamado Lázaro, cubierto de llagas, este hombre deseaba llenarse con los restos que caían de la mesa del hombre rico. Los perros solían acercarse y lamer sus llagas. El hombre pobre murió y fue llevado por los ángeles al corazón de Abraham. El hombre rico también murió y fue enterrado.

A Jesús le gustaba sin duda alguna enseñar con parábolas porque las parábolas son como una llave maestra que te permite la entrada a cualquier lugar. Las leemos y les damos un significado de acuerdo a lo que podemos comprender debido a nuestra propia experiencia. Esto varía mucho por supuesto de una persona a otra. No a muchos de nosotros nos gusta encontrarnos reflejados en una parábola.

Esta parábola es valiente – observen el fuerte contraste entre las condiciones materiales. Mirando el desarrollo diferencial hoy en día entre los bonos bancarios y los bonos inmobiliarios, podríamos concluir que 2000 años de valores del evangelio han hecho poco para cambiar las estructuras básicas de desigualdad que caracterizan a la sociedad humana. Para los economistas esta es una cuestión de gráficos. Para aquellos que trabajan o buscan trabajo tiene que ver con buenas ropas y buena comida o llagas y exclusión social. La muerte, no la política es la que finalmente nos hace sentir que somos todos iguales.

Hay otra manera de leer e interpretar esta parábola – al nivel de nuestra riqueza o pobreza espiritual. Ser espiritualmente ricos significa estar centrados en nuestras necesidades humanas y desapego de lo que tenemos. Ser espiritualmente pobres es definirnos a nosotros mismos por lo que tenemos y cobijarnos del temor a la muerte detrás de una falsa seguridad.

Es difícil encontrar una manera con la cual podamos llegar a comprender el completo espectro de la vida. Ninguna ideología simple puede hacerlo. La Cruz puede; porque ilustra la intersección entre lo horizontal, lo material, y lo vertical, espiritual, dimensiones que se encuentran en toda experiencia.

El punto se encuentra en que lo espiritual y lo material no son reinos separados. Cada experiencia por la que pasamos encarna ambas. Y la Cruz – el gran símbolo de amor que brilla a través y por lo tanto nos transforma a través del sufrimiento -- revela que lo que la mente ve como líneas paralelas que jamás se unen, en realidad convergen y se intersectan.

El corazón es este punto de convergencia. Si no sabemos el significado de corazón - como no lo sabía el pobre hombre rico en la parábola hasta que fue demasiado tarde – entonces nuestra experiencia, aunque variada, exitosa o atractiva, no merece ser llamada humana. Solo el conocimiento que surge en el corazón de la quietud ilimitada de ser nos hace verdaderamente humanos, totalmente humanos.
Laurence FreemanOSB

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