El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.
También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.
sábado, 28 de noviembre de 2009
La Realidad de la Fe
Esta es la explicación de la verdadera naturaleza de la escrita por San Pablo a los Hebreos:“Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve. Gracias a ella fueron aprobados los antiguos. Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible no provino de lo que se ve”. (Hebreos 11:1-3)El gran problema que muchos Cristianos encuentran en este momento de la historia es que muchas de las palabras que utilizamos para expresar nuestras creencias, nos han fallado. Ya no tienen el poder para mover nuestros corazones, de cambiar nuestras vidas. Una palabra clave es “fe”. Por eso creo que la meditación tiene suprema importancia para nosotros porque nos lleva a la experiencia de la fe.La fe es simplemente la apertura de nosotros al compromiso, a la realidad espiritual fuera de nosotros y es en lo que basamos nuestra vida. San Pedro, cuando escribía a los primeros Cristianos les aconsejaba: “Guarda a Nuestro Señor con reverencia en tu corazón” y los autores de las cartas a los Hebreos nos dicen que por la fe vamos de lo visible a lo invisible, a la realidad espiritual. Estos dos puntos están arraigados en la experiencia de la oración.Es por eso que la disciplina de nuestro diario compromiso a la meditación es de gran importancia. Como probablemente lo han experimentado, cuando se comienza a meditar y a integrar la oración en la vida, puede ser emocionante, pues entramos a una ola de entusiasmo espiritual. Pero cuando debemos regresar cada día y al aprender a estar en un silencio profundo y en apertura, descubrimos que esto requiere de mayor amor – no solo de entusiasmo. Cuando los demás nos ven piensan: “¿Por qué están sentados en silencio, sin hacer nada?”. Casi todos los valores de nuestra sociedad marchan en contra de este acto de fe, en el que te sientas, cierras tus ojos a lo visible para abrirlos a la realidad invisible. En la misma carta a los Hebreos el autor dice:“...corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, de quien depende nuestra fe de principio a fin” (Hebreos 12: 1-2).De esto se trata la fe. De abrir nuestros ojos a la gran realidad que Jesús nos revela, quien nos revela al Padre. Quitemos nuestras miradas de nosotros mismos. Cuando meditemos, abandonemos toda preocupación por nuestra perfección, por nuestra sabiduría, incluso por nuestra felicidad. Mantengámonos fijos en Jesús pues de El recibimos todo. Despojémonos de todas las dificultades,cualquiera que estas sean. Jesús, por la búsqueda del gozo que le esperaba, dio todo de sí en la cruz, haciendo ligera su pena, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.La meditación aligera nuestro corazón pues aprendemos que solo hay algo esencial en la vida y consiste en abrirnos y entrar en armonía con el autor de la vida, con la Palabra de donde se genera nuestra vida, con el Hijo encarnado de Dios, con nuestro Señor Jesús. Nuestra fe es la fe que está descrita en el término de los evangelios sinópticos llamado “el Reino de Dios” y el Reino de Dios es simplemente el poder de Dios en su trono, que se encuentra en nuestro corazón. Esto es lo que nos hace ligeros de corazón y a esto se lo llama, alegría Cristiana.Ese poder de Dios está sólidamente arraigado en nuestro corazón. Nada, ningún poder, ninguna dominación, ninguna prueba, puede alejarnos de esa fe arraigada. El Reino que tenemos es sólido. Como Cristianos, debemos aprender a comunicar ese Reino y esa fe. Pero solo lo podremos hacer, si la realidad de ese Reino no es tan solo una teoría para nosotros, sino que está integrada a nuestro ser. Meditar es aprender a estar profundamente quieto y profundamente atento a la realidad espiritual. En la meditación aprendemos a distinguir lo que es pasajero y lo que es permanente. Aprendemos a ver la diferencia entre el tiempo y la eternidad. La maravillosa experiencia liberadora de la oración nos lleva a liberarnos del tiempo, para poder estar profundamente insertados en el momento presente del Reino, el eterno ahora de Dios.“Seamos agradecidos al recibir este reino inconmovible, e Inspirados por esta gratitud, adoremos a Dios como a él le agrada, con temor reverente, porque nuestro Dios es fuego consumidor” (Hebreos 12: 28-29).De nuevo, el autor de la carta a los Hebreos proclama maravillosamente lo que es la invitación Cristiana: Adoremos, que significa reverenciemos, seamos humildes ante lo eterno, ante lo espiritual, ante la realidad de Dios. Debemos encontrar esa experiencia de reverenciar y adorar a Dios dentro de nuestro corazón, dentro de nuestro espíritu. El simple ejercicio de repetir nuestra palabra nos lleva a esa simplicidad, nos lleva a la pobreza de espíritu. El autor de La nube de lo desconocido, habla de la meditación como un ejercicio que arranca la raíz del pecado en nosotros. Al decir la palabra, al meditar cada mañana y cada noche, se va diluyendo el ego interno y todos necesitamos arrancar esa raíz para poder arraigarnos y fundarnos en Cristo.Mira de nuevo lo que dice la carta a los Hebreos:“Ustedes no se han acercado a una montaña que se pueda tocar o que esté ardiendo en fuego... Por el contrario, ustedes se han acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios viviente... a Jesús, el mediador de un nuevo pacto”. (Hebreos 12: 18, 22, 24)Para prepararnos a meditar simplemente escuchemos esta llamada de fe de la carta de los Hebreos y con nuestra quietud y silencio profundos, vayamos en alabanza y reverencia a la presencia de nuestro Señor Jesús, el mediador del Nuevo Pacto, del Pacto de Amor.
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